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Borges escribió en “El Libro de Arena”:
“Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me
parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la
manera de una Biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En
el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención
que la página par llevaba el número (digamos) 40.512 y la impar, la siguiente,
999.”
“La volví; el dorso estaba
numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en
los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un
niño.”
“Fue entonces que el desconocido me dijo: -Mírela bien. Ya no la verá nunca más.”
“Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente
lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi
desconcierto, le dije: -Se trata
de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?”.
“Todo fue
inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era
como si brotaran del libro.
-Ahora busque el final.”
“También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:-Esto no
puede ser.
Siempre en
voz baja el vendedor de biblias me dijo:
-No puede
ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito.
Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese
modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie
infinita admiten cualquier número.”
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